¿Debe el Estado intervenir la cultura?
¿Debe el Estado decidir qué cultura merece ser preservada, financiada y puesta al alcance de todos? La pregunta no es sencilla, para empezar, no sabemos qué es, exactamente, aquello a lo que referimos con el termino «cultura». Un cuadro, una biblioteca o un yacimiento arqueológico pueden parecer ejemplos evidentes, pero la frontera entre patrimonio, arte, entretenimiento e incluso simple moda es mucho muy difusa. Y si ya resulta difícil determinar qué merece ser considerado un bien cultural, aún más complejo es decidir quién debe financiarlo y con qué criterios. Entre la defensa de la cultura como fuente de identidad, conocimiento y cohesión social y el riesgo de convertir la intervención pública en una fuente de ineficiencias, privilegios o decisiones arbitrarias se encuentra el verdadero debate: ¿Qué cultura queremos proteger y hasta dónde debe llegar el Estado para hacerlo?